EL GATO

Los ojos del gato no se apartaban de mi. Era realmente molesto. Aunque intentaba ignorarlo eran como dos reflejos que juegan en los límites de tu visión, más sentidos que vistos. No maullaba ni cambiaba de expresión, simplemente miraba hacia mi, ahí sentado, justo en la puerta.

Nunca, nunca, nunca había encontrado una animal así, con una mirada tan fija, tan roma. No era agresiva pero arañaba la piel de mi espalda si me daba la vuelta.

– Deja al gato, no hemos venido a jugar.
– ‎¡Es que me pone nervioso! Se queda ahí, parado, mirándome como si estuviera grabando mi imagen en su retina. ¡Maldito bicho!
– ‎¡Joder! Ya sabía yo que no te tenía que haber traído. Anda, coge la bolsa y vacía los cajones del tocador. Los vigilantes pasan de nuevo en diez minutos.
– ‎Vale, voy, pero aleja a este bicho.
– Dale una patada y en paz.

Cuando me volví ya no estaba, lo cual me hizo sentir un escalofrío. Me puse manos a la obra, vacíe sistemáticamente los cajones, con furia, concentrando toda mi atención en el proceso: alargar la mano, agarrar en pomo, tirar de él, soltarlo, meter la mano dentro una, dos, tres veces, depositando todo lo que encontraba al tacto dentro del pequeño saco. Sólo levanté la vista al terminar. Y allí estaba, el gato reflejado en el espejo.

-¡Coño! ¡Que susto!
– ¿Quieres bajar la voz? ¿Que coño te pasa ahora.
– ‎El puto gato, que ha vuelto a aparecer de la nada.
– ‎Es un gato, que esperas, ¿que llame a la puerta? Anda, déjate de historias y ve al cuarto de los chicos, a ver qué encuentras allí.

Salí al pasillo siguiendo el haz de luz de la linterna. Nunca me ha gustado ir con una, me dan la sensación de que, más que iluminar, realzan la oscuridad de todo lo que rodea su haz. Cada ruido me parece más extraño, cada forma más amenazadora, cada esquina parece esconder algo a su vuelta.

El pasillo no era largo, unos metros, y la puerta estaba justo al final, abierta, entrando la luz del cuarto de luna que colgaba en la esquina de la ventana. Por ahí habíamos entrado, aún estaba abierta por si debíamos escapar.

Al entrar encontré al gato tumbado sobre su vientre, con la cabeza enhiesta, desafiante, en el centro de la cama. En su pelo, casi todo negro, excepto por una pequeña mancha blanca con forma de estrella en su pecho, tililaban los reflejos de la luz que entraba en la habitación. Movía la cola, lentamente, como si un metrónomo tuviera la elasticidad de un látigo, marcando el transcurso del tiempo. Me quedé parado en la puerta, ese maldito bicho me inquietaba, no se porqué. Había algo en su forma de mirarme, en como sus ojos tranquilos me juzgaban de una forma fría, que me erizaba los pelos de la nuca.

Entré en la habitación pegado a la pared, manteniéndome lo más alejado posible de la cama. Abrí el armario, los cajones de la cómoda, incluso los de la mesita de noche, sin acercarme a ese maldito animal. Sin dejar de vigilarlo y sin que él dejará de mirarme.

En cuanto pude salí de la habitación, aliviado, dejando a ese demonio detrás, y me acerqué a la habitación principal para volver con mi compañero.

– Ya he terminado, allí no había gran co…

No pude terminar la frase, me quedé paralizado. Carlos estaba tumbado en el suelo, con los ojos extremadamente abiertos, cristalinos, con una expresión de pánico grabada en ellos que me asustaba tanto como el hecho de que el gato estuviera sentado sobre su espalda.

-No, no, no…

Dejé caer la bolsa con todo lo robado y empecé a correr hacia la otra habitación, pero al acercarme vi una figura recortada contra la luna, una sombra con forma felina, moviendo su cola al ritmo pausado.

Me di la vuelta y me dirigí a la escalera, tropecé en ella, rodé y me levanté. Seguí corriendo cojeando, sintiendo un líquido cálido caer por mi tobillo. Rompí la cerradura de la puerta, la abrí y salí corriendo de la casa. No paré hasta el coche. Abrí la puerta, me metí en el casi al mismo tiempo que arrancaba y ponía la marcha. El coche derrapó antes de responder y salir disparado.

Encendí las luces justo después, no había notado lo oscuro que estaba todo.

Al cabo de cinco minutos ya había dejado atrás la urbanización y avanzaba por la carretera comarcal, de un solo carril por sentido. Entonces me empecé a tranquilizar. Debió ser un accidente, Carlos tropezó y cayó mal.- me decía- El gato, bueno, quizás fueran dos, exactos, con la misma mirada acusadora y tranquila.

Decidí no pensar más. Conducir y alejarme de aquella casa y de toda aquella historia. No quería que me relacionaran con el cadáver de un ladrón en una casa ajena. Aquello no podía acabar bien para mi. Avancé por aquella carretera hasta las montañas, en completo silencio durante lo que debió ser una hora o más.

A eso de las dos, después del bajón de adrelina y de que se me tranquilizaran los nervios, decidí encender la radio para no dormirme. Al conectar el aparato durante unos segundos solo escuché estática, hasta que todo se quedó en silencio y se escuchó un solo y suave maullido.

Me dió un vuelco el corazón, miré por el espejo retrovisor y pegué un frenazo.

Allí estaba el gato, y los frenos no respondían.

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NADA

Cuando ya no queda ni el olvido
Y ni siquiera tiene sentido la indiferencia
Acerco mi ego a mi ombligo
Me cierro a los truenos de mi corona

Mis manos arrancan pelos y espinas
Mis labios clavan de mi tumba la tapa
Mis ojos clavan el sol en el cielo
Mi cuerpo, mi cara, claman

Silencio, herido por mis gritos
Quebrado en el abismo de mi garganta
Canta aún más alto que mi alma,
Que un día fue su casa

No queda nada entre mi frente y tú abrazo
No quedan ni el ruido, ni el amor, ni tu rechazo.

AUSENCIA

“No es el amor quien muere”
Luis Cernuda

No es la ausencia quien me habita
Soy yo el que en ella anida
Quien pone mis sueños como huevos
Que se atemperarán en su seno
Y nacerán quedos, vacíos

No es la sombra que me cubre
Soy yo quien me cobijo
Huyendo de la luz que me traspasa
De los ciertos dardos
De tus falsedades de vidrio

No es el rencor que me domina
Es mi gratitud ante tu ausencia
Que se me clava en la frente
Dejando entrar los gritos
De los que tanto tiempo he huido

No es el amor el que muere
El sigue, seguirá vivo
Yo me agosto, lo abono
Con mis desatinos
Dando fuerza a sus garras

Marcando, de nuevo
Un tan transido camino.

VUELA

En tus lágrima bebo
Recuerdos de tu infancia
De una sonrisa ágil
Que crecía en la distancia

Creciendo, flor de pétalos tersos
No olvides las hojas
que miran al cielo
Ni las espinas que romper versos

Ahora, seria, abres los ojos
Marcando la línea de tu certeza
Clavando los pies en tus raíces
Limpiando tus sueños de tormentas

Grita, corre, el mundo espera
Abre las alas, sólo, vuela.

A Silvia

RECUERDOS

Me da miedo pensar. Me da miedo cerrar los ojos. Un gesto tan simple da paso a una cascada de imágenes, deslabazadas, unidas por las esquinas: un color, un sonido, una sensación… Una abre camino a otra, la cual arrastra una tercera y, así, la sucesión de recuerdos, inagotable como números primos, desborda mi mente, inunda mi corazón, sale por cada uno de mis poros.

Con el paso de los años la vida son recuerdos que te cuentan todo lo que fue y todo lo que pudo haber sido. Cuando uno llega a los cien, el mundo existe de ojos para dentro, con pequeños reflejos que consiguen entrar a través de la nostalgia de un sonido o el recuerdo de una caricia. Usas cada segundo en recordar toda la vida, y solo momentáneamente sales al exterior a recuperar la textura real del día a día.

Sonrisas de tus nietos, o condescendencia de tus hijos, extrañeza de los extraños. Aunque uno intente vivir te entierran en vida en una mecedora.

Pero aunque a veces no lo notas, el tiempo pasa y los nietos se convierten en abuelos, los hijos en historia, en cuentos y tú eres un extraño entre los tuyos. Una decisión, una puerta que muestra un camino y atrás quedan muchas cosas, sobre todo su olvido.

En ese nueva senda nacen nuevos recuerdos, que recogen las flores que te muestra el mundo y te exigen su precio. La curiosidad también nace en los viejos, sobre todo en los que continuamos viviendo, abriendo los ojos, soñando el presente y siempre despiertos.

Otros cientos de años me llenaron los ojos de maravillas y horrores y los hombros de cargar tanto se hicieron afilados, dejando caer el peso del tiempo de ellos, regando el camino de achaques y senilidades, guardando para la senda las preguntas sin respuesta.

Cada noche era más corta y se hacía más larga. Cerrar los ojos era recordar, y después de tantos siglos había muchas cosas que repasar. Pero el mundo es muy grande, las respuestas que me faltaban aún eran muchas, así que volvía a abrir los ojos, apartaba el pasado con el ansia de futuro, del hoy y del ahora.

Pero el mundo es redondo, el río no es el mismo dos veces seguidas, pero te encuentras en otros lugares el mismo agua.

Mis años, incontables, han visto guerras y preparaciones de guerras, mentiras repetidas que solo varían en el color, amores fugazmente eternos, odios más conmovedores que cualquier amor. Estoy cansado, solo deseo cerrar los ojos y dormir, pero tengo miedo.

Cerrar los ojos es cortar con el ahora y caer en mis recuerdos. Un universo de imágenes y sonidos, de caricias y puñetazos, un mar negro, profundo y lleno de sirenas. Sus cantos nostálgicos con sabores, suaves por conocidos, te atan. Sin darte cuenta compras la entrada y te acomodas en la butaca donde te cuentan tu propia historia.

Es intenso volver a probar tu vida a través de tu memoria, pero en casos como el mío, en los que tu vida equivale a lo eterno, implica adentrarse en las profundidades del recuerdo, que es lo más parecido que hay al olvido.

FRONTERAS

Paredes compartidas
Marcando diferencias entre cada una de las caras
Del Sol a su antónimo
Del musgo a la cal
Gritando muros que separan
Qué terminan siendo un lugar común
Márcame tus rayas
Fraccionamiento el polvo, el aire, la luz y las nubes
Dime qué No es el tuyo
Dime la maldad que por encima es arrojada
Yo te diré de qué calidad es la paja que usas como cimientos
Que todo lo que abominas es tu espejo
Que las líneas, las cubre con polvo el viento
Que los labios mejor son usados cuando cosen
Que los brazos tienen como función el abrazo
Y en las manos otras buscan sus palmas

No me expulses
Que conmigo, te abandona tu alma.